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De cómo empezó la enseñanza de Antúnez.

Dinora me llamó:

Había una nota en un diario para anunciar que en la Escuela de Artes aplicadas se impartiría un curso de nuevas técnicas de grabado. Lo daría el pintor y grabador Nemesio Antúnez recién llegado a Chile desde Nueva York, donde era ayudante y enseñaba en el Atelier 17 del Británico William Hayter.
Pero no hubo entendimiento. No resultó, no más. A otros interesados no les gustaba que ese “ausente” viniera a modificar ni enseñar nada.
Entonces, Antúnez, decidió comenzar estas clases en su casa-taller, de la calle Guardia Vieja 99. En nosotros, se desencadenó una gran pasión por el grabado. Nuestros sueños fueron minados con infinitas ideas visuales que nunca acababan.
La dulce Dinora fue siempre un puntal del taller. El austero Eduardo Vilches una gran presencia; Luz Donoso espléndida y yo misma empezando a ser. Fue una enseñanza empírica de Nemesio, era una mirada de descubridor. Cada uno se entendía con él, para que nos enseñara las técnicas que necesitábamos urgentemente. El estaba atento y vigilante. Generosos con todos y todo.
Le invadíamos el taller-casa con nuestros trabajos.

Antúnez tuvo la posibilidad de trasladar todo el Taller 99 al último piso de la casa central de la Universidad Católica en la Alameda.
Se subía por una estrecha escala de caracol. La Hormiga –Delia del Carril- ya había llegado y emprendía el asenso desafiante a sus 70 años. Por fin iba a realizar su obra, siempre aplazada por la compañía de Neruda. Había un gran espacio entre escolar y religioso, con mucha luz. Llegaron los de Concepción, Pedro Millar, Santos Chávez, Jaime Cruz, Lea Kleiner y otros de Santiago. Otros desde el norte al sur. Fue un hervidero de identidades.
Hubo personajes inesperados. Llegó Juana Lecaros con su cartera en el brazo y un pequeño paquete de cocoa para sus “onces”. Nos explicó que pagaba unas misas para nuestra salvación, de algunos, claro. Ya se había creado la Escuela de Arquitectura de la Católica “Lo Contador”. Fué Sergio Larraín que pensó en crear una Escuela de Arte en los mismos terrenos. Nos citó en su casa, espléndida, un Matta y un Giacometti nos acompañaban. Estaba Antúnez, Vilches, Mario Carreño y yo –creo- para emprender la Escuela de Arte con el Taller 99 como puntal. Y así fue. Todos enseñamos algo, dibujo, pintura o grabado. Después fue también la escultura. Fue así que se creo la mención GRABADO que antes no existía.
Entre la Escuela de Bellas Artes de la Chile y la Católica de Arte con el Taller 99, se llenó la ausencia en el país. El grabado existió plenamente. Gracias pues al generoso Antúnez.

Roser Bru 2006

 
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